jueves, 30 de abril de 2009

MOTOS




Los días previos a la motorada El Puerto va transmutándose, convirtiéndose en una especie de improvisado fortín, y cientos de new jerseys (ahora en tonalidades marineras, lejos del funcionarial gris asfáltico), improvisados badenes y barricadas de toda índole, más o menos retadoras o sigilosas, asoman en el consuetudinario paisaje urbano, como si los operarios municipales fuesen una resurrección de Charlton Heston (un actor muy denostado aquí por cuestiones armamentísticas, aunque Obama, el presidente políticamente correcto, admirado por Zapatero, aún no ha retirado las tropas de Irak) en la inolvidable “Cuando ruge la marabunta”.
Uno es consciente de las dificultades de armonizar el respeto a la ley con la idiosincrasia de muchos moteros y entiende, como no puede ser menos, a quienes se quejan de las molestias que originan a las puertas de sus casas, de los ruidos excesivos y la falta de civismo por costumbre, pero no puede dejar de pensar, también, que esta concentración, derrotada mediáticamente porque nadie se ha atrevido a defender desde la sociedad civil sus aspectos positivos, supone una inyección económica en la zona que sólo se empeñan en negar aquellos que no ganan un euro con la misma, de modo que, siquiera por esos beneficios, conviene que nuestros gobernantes pongan en práctica la mayor capacidad organizativa posible para que muchos portuenses no contemplen los citados días con color negro en el calendario y los moteros considerados dejen de percibir un ambiente hostil que les erige en males irremediables sobre un caballo demoníaco.
En esa línea, hay que advertir que la motorada es una concentración festiva que no aparece recogida en los programas oficiales, que parece desarrollarse bajo el paraguas de un golpe de Estado, por lo que convendría, una vez metida en cintura, institucionalizarla mediante el pregón al efecto y la entrega correspondiente, a modo de placas, de motos minúsculas a cada visitante, al igual que se actúa en San Antón con los dueños de las mascotas (una fiesta no alcanza en El Puerto dicha consideración ontológica si no llega adornada de su proclama correspondiente con el sonsonete oficial y de una proliferación plaquística que ni la de las hormigas de la película citada arriba).
Francisco Lambea
Diario de Cádiz
30 de Abril de 2.009

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