sábado, 30 de agosto de 2008

JULIO



El Puerto ha tenido la fortuna de ser incluido en la gira de Julio Iglesias, en esa Plaza de Toros por fin convenientemente aprovechada para otras actividades ajenas a la lidia. El artista repasó su dilatada trayectoria musical, canciones que tantos aspectos abarcan de las emociones de la vida y lo hizo con una voz que ya no se encuentra en su mejor momento fónico, pero que sigue conservando ese encanto peculiar que ha hecho de él el intérprete latino que más discos ha vendido en la historia (sólo 300 millones), respaldado por unas composiciones y arreglos espléndidos y por unos coros inteligentemente seleccionados.
Iglesias siempre ha sido muy peculiar y esas circunstancias han ayudado también a engrandecer su leyenda: se divorció de Isabel Preysler cuando en nuestro país apenas se divorciaba nadie y se acabó marchando a Estados Unidos, viaje que emprendían aún menos compatriotas. Aquel exilio elegido le confirió un aura de cosmopolitismo y distancias muy provechoso, aunque siempre ha armonizado su universalidad con la valentía de presumir de españolismo cuando Fernando Torres no había destrozado aún el Plan Ibarretxe, ser español era una excusa y no una responsabilidad y enarbolar una bandera nacional suponía la excomunión civil en muchos ámbitos.
Julio Iglesias se ha mantenido por encima de muchas cosas, incluso por encima de los ataques recibidos en aquellos años ochenta por el sectarismo que suele acompañar a la izquierda cultural oriunda, que no podía soportar que el cantante no coincidiera con sus ideas y que reventaba directamente de envidia al contemplar sus reiterados y multiétnicos alardes amatorios (a la izquierda le descuadra notablemente que la derecha se muestre más fornicadora).
Yo disfruté del concierto y me felicito de la promoción que su presencia supone para la ciudad, pues acostumbro a alegrarme cuando entiendo que algo es beneficioso para El Puerto, por lo que pido humildemente disculpas a algunos paisanos que no participan de esta mala costumbre mía.
Francisco Lambea
Diario de Cádiz
28 de Agosto de 2.008

jueves, 21 de agosto de 2008

PRESENTACIÓN DE "MEDITACIÓN DE TU NOMBRE" EN LA ASOCIACIÓN DE LA PRENSA DE CÁDIZ (18 DE ENERO DE 2008)

Con el libro en primer plano: su autor, al fondo

Vista general del salón de actos de la Asociación de la Prensa de Cádiz

Interviniendo en la presentación del libro

Vista general de la mesa

Escuchando a Basilio Rodríguez Cañada, editor del libro

María Asunción Mateo, prologuista del volumen, en primer término
Con Basilio Rodríguez Cañada, director de SIAL Ediciones

viernes, 15 de agosto de 2008

LA ESTACIÓN

Las estaciones de trenes han ido perdiendo, como tantas otras cosas en estos tiempos, su halo de magia, de cierto misterio, para convertirse en un elemento más de la vida cotidiana, un elemento claudicante al sacrílego yugo de la funcionalidad, ese término de apariencia inocente y servicial bajo el que tantas veces respira el signo de la devastación, la excusa necesaria para revestirlo todo de un estilo aséptico e impersonal que degenera lo sencillo en uniforme simpleza.
La fachada de la antigua estación no era, debe reconocerse, un privilegio local, pero mostraba, al menos, determinados rasgos definitorios, con ese aire de decadentes años sesenta que parecía presagiar la frenética irrupción de Paco Martínez Soria en los andenes, camino de Madrid, con las maletas abriéndose justo al poner el primer pie en las escalerillas del vagón, ofrendando al resto de viajeros la consiguiente exposición de jubones. La estación de tren actual, por contra, la ha diseñado el responsable sin más, por la sencilla y administrativa razón de que algún concurso público le ha encargado poner en pie un enclave ferroviario que sirva estrictamente para lo que tiene que servir, unidades a un lado y otro sin entorpecerse en exceso ni chocar en caso alguno y espíritus en tránsito que no se desesperen más de lo debido ante la caprichosa incertidumbre de sus destinos particulares. Pero hasta ahí llegamos. Te vas acercando, observas el frontal y no sabes si pedir un billete a Zaragoza o una pizza con anchoas de Santoña. Además, ignorantes (o excesivamente conocedores) de la idiosincrasia nativa, las autoridades determinaron utilizar la piqueta sin advertir previamente sus intenciones ni conceder oportunidad a la creación de la correspondiente plataforma, variante portuense del democrático derecho al pataleo.
La historia es una sucesión de telones que varían el escenario aunque se mantenga el fondo de la obra: la antigua estación formaba parte de la memoria sentimental de muchos portuenses y merecía, ya decidido su cambio, que la extinción no diera paso a unas instalaciones que sólo transmiten por toda emanación artística el rutinario paso de los días.
Francisco Lambea
Diario de Cádiz
14 de Agosto de 2.008

sábado, 2 de agosto de 2008

EL PGOU

A estos tiempos de crisis ( la libertad es poder escribir crisis y no “ desaceleración ” ), los portuenses, tan amigos de aportar nuestra idiosincrasia a toda coyuntura, añadimos la falta del PGOU. Los ciudadanos se encuentran expectantes ante uno de esos hechos cuya trascendencia merece inspirar el devenir de los calendarios, denominar una nueva era, de modo que las sucesivas efemérides puedan también reseñarse partiendo de tal hito ( que los más optimistas vislumbran para 2.010 y los más pesimistas incluyen en los actos del Bicentenario ): así, no se hará extraño escuchar que Fulano casó en el año seis después del PGOU o que Mengano vino al mundo en el año dos antes del sacrosanto documento.
Es como si el PGOU fuera para El Puerto lo que la Expo para Sevilla o Zaragoza: sin este gozoso acto administrativo, los portuenses hemos ido degenerando en tristes DSP ambulantes, fichas sin planeamiento a la espera de un destino en lo urbanístico, almas pusilánimes que no hacen camino al andar, que ignoran dónde van, ni de dónde vienen, ni cuándo se aprobará el PGOU.
Inocentes a la falta de tan beatífica legislación, Menesteo fundó la ciudad a su antojo y por ella deambularían, ajenos al aprovechamiento medio y a los estudios de detalle, fenicios, visigodos, musulmanes, cristianos e invasores franceses, expropiándose sin otra suerte de alegaciones que el mamporrazo limpio, sancionador del punto cero, de aprobación tan provisional como definitiva.
Viene a establecer la ley que la duración de un Plan General de Ordenación Urbana es de doce años pero la vigencia del actual lleva camino de erigirse en eterna; para colmo de males, los portuenses nos hemos encontrado con el POTA, una especie de hijo respondón del PGOU y que, a decir del presidente de los populares en Andalucía, Javier Arenas, tiene feo hasta el nombre. La demora del Plan General nos va haciendo viejos, como el crecimiento de los hijos y no nos recordamos sino ante sucesivos alcaldes y equipos redactores, ante plenos infinitos y comisiones de seguimiento que fueron tras él clamando y era ido: todo pasa y todo queda, menos el PGOU, ese acrónimo de cita tan recurrente como existencia improbable.
La vida es lo que nos pasa mientras esperamos la aprobación del PGOU.

Francisco Lambea
Diario de Cádiz
31 de Julio de 2.008