viernes, 15 de agosto de 2008

LA ESTACIÓN

Las estaciones de trenes han ido perdiendo, como tantas otras cosas en estos tiempos, su halo de magia, de cierto misterio, para convertirse en un elemento más de la vida cotidiana, un elemento claudicante al sacrílego yugo de la funcionalidad, ese término de apariencia inocente y servicial bajo el que tantas veces respira el signo de la devastación, la excusa necesaria para revestirlo todo de un estilo aséptico e impersonal que degenera lo sencillo en uniforme simpleza.
La fachada de la antigua estación no era, debe reconocerse, un privilegio local, pero mostraba, al menos, determinados rasgos definitorios, con ese aire de decadentes años sesenta que parecía presagiar la frenética irrupción de Paco Martínez Soria en los andenes, camino de Madrid, con las maletas abriéndose justo al poner el primer pie en las escalerillas del vagón, ofrendando al resto de viajeros la consiguiente exposición de jubones. La estación de tren actual, por contra, la ha diseñado el responsable sin más, por la sencilla y administrativa razón de que algún concurso público le ha encargado poner en pie un enclave ferroviario que sirva estrictamente para lo que tiene que servir, unidades a un lado y otro sin entorpecerse en exceso ni chocar en caso alguno y espíritus en tránsito que no se desesperen más de lo debido ante la caprichosa incertidumbre de sus destinos particulares. Pero hasta ahí llegamos. Te vas acercando, observas el frontal y no sabes si pedir un billete a Zaragoza o una pizza con anchoas de Santoña. Además, ignorantes (o excesivamente conocedores) de la idiosincrasia nativa, las autoridades determinaron utilizar la piqueta sin advertir previamente sus intenciones ni conceder oportunidad a la creación de la correspondiente plataforma, variante portuense del democrático derecho al pataleo.
La historia es una sucesión de telones que varían el escenario aunque se mantenga el fondo de la obra: la antigua estación formaba parte de la memoria sentimental de muchos portuenses y merecía, ya decidido su cambio, que la extinción no diera paso a unas instalaciones que sólo transmiten por toda emanación artística el rutinario paso de los días.
Francisco Lambea
Diario de Cádiz
14 de Agosto de 2.008

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