domingo, 22 de mayo de 2016

HOTELERÍA SENTIMENTAL


La decisión del teniente de alcalde de Urbanismo, Antonio Fernández, de conminar a la propiedad del Hotel Caballo Blanco a emprender varias mejoras, so pena de acometerlas el Ayuntamiento subsidiariamente, ha vuelto a poner las instalaciones sitas a la entrada de Valdelagrana en el foco de la actualidad (el de los turistas se enturbió hace ya nueve años. La historia señala que la institución cerró para acometer unas reformas importantes de las que hasta ahora nada se sabe).

Hay dos establecimientos cuya imagen se hace dura para quienes los conocimos en marcha: el ya citado Caballo Blanco, que ojalá vuelva a galopar en breve, aunque se antoja difícil, y el Duques de Medinaceli. Por fortuna, en este segundo caso parece que la reapertura será próxima, aunque uno, escarmentado ya, con los ojos cansados de haber visto la patria que no cambia (Neruda), lo acabará de creer cuando los hechos así lo manifiesten de manera indubitable (en la ciudad de las cien burocracias siempre puede atravesarse algún penúltimo trámite administrativo).

Que un enclave como El Puerto, en cuya economía se erige fundamental el turismo, sufra la clausura desde hace años de dos emblemas simbólicos resulta desalentador. Los hoteles son edificios que, por su propia tipología, se relacionan con la ocupación, con la felicidad o el sosiego, esa forma calma de la dicha; observar sus habitaciones desérticas, donde sólo practican sexo los grafitis, sus vegetaciones asoladas por la desidia y la ausencia de esmero, sus porches visitados por el huésped del olvido, aflora una sensación especialmente triste y fantasmagórica.

Una de las estampas de la crisis en El Puerto la encarnan los hoteles cerrados, o los que quedaron en proyecto, como el Winthuyssen, aunque al menos en ese tramo de la calle Larga la frustración se esconde tras el restablecimiento del paso peatonal. Tan fuerte resulta el parón financiero que padecemos desde hace ocho años que llegamos a contemplar imágenes que parecen ir en contra del orden natural de los elementos, mientras esperamos, por ejemplo, que resurja algo en los terrenos que ocupase el otrora Club Mediterráneo.


Francisco Lambea
Diario de Cádiz
22 de Mayo de 2016 

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