domingo, 3 de agosto de 2014

LA SUERTE DE LA LIDIA


Los debates sobre la temporada taurina portuense no adquieren su máximo ardor cuando se polemiza sobre la actuación de los toreros, el remate del cartel, la altura de las ganaderías, el discernimiento  presidencial o el mismo futuro de la fiesta, atacada desde varios ámbitos: el punto más álgido de la tertulia suele provenir en torno al número e identidad, más o menos hipotético, de quienes han logrado sentar sus posaderas en el centenario coso sin pasar por la horca caudina de meterse la mano en el bolsillo.

Parece sentir general que la dicha de contemplar el evento de manera gratuita se ha ido reduciendo con los años y los sucesivos concesionarios, aunque sigue observándose una zona bautizada como el tendido del pescue o de la valvulina, lo que muestra que siguen existiendo quienes, para agravio de los que ven la cara al taquillero, evitan, por unas razones u otras, tan gravoso trance.

De hecho, prácticamente democratizada la eliminación de los pases de aparcamiento oficial en la Feria (mal de muchos, consuelo de egos), uno de los más dolorosos ejemplos de que se ha dejado de ser alguien en El Puerto de Santa María estriba en la obligatoriedad de tener que pagar por lo que antes se recibía gentilmente (la gracia humana se extendió tanto en algunos casos que los bendecidos pasaron a implorarla como derecho divino y más de alguna pérdida de amistad y apostasía se registró de manera paralela a la conclusión de la dádiva). Si la corrida es televisada el ultraje del contribuyente se duplica.

El privilegio de acceder a la histórica plaza por el presente morro genera tal morbo que hay quienes, habiendo sucumbido a la afrenta de abonar lo fijado por el empresario, se muestran más pendientes de los movimientos que se producen en los diversos estamentos del graderío que de las evoluciones acontecidas sobre el albero, elaborando teorías de urgencia, justificadas o directamente neuróticas, mientras indagan el benefactor de cada beneficiado. No debe sorprender; las entradas de toros exceden entre sus efectos la posibilidad de comprar voluntades: llegan a adquirir hasta el alma. 

Francisco Lambea
Diario de Cádiz
3 de Agosto de 2014 


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