domingo, 4 de septiembre de 2011

EL ESPÍRITU DEL VAPORCITO

El hundimiento del Adriano III, conocido popularmente como el vaporcito, tras chocar contra el muelle de Cádiz, ha recibido como respuesta un amplio sentir popular para que la motonave vuelva a navegar en la Bahía, sentir recogido de inmediato por la clase política con un variado ímpetu tanto institucional como partidario que para sí quisieran otras cuitas.


La consternación producida por el siniestro resulta plausible, aunque llamativa si se tiene en cuenta el escaso nivel de utilización del barco por parte de unos ciudadanos que, masivamente, lamentan ahora su pérdida.


El hermoso pasodoble de Paco Alba o la pertinaz cartelería turística han hecho más por la difusión del vapor que la preferencia locomotora actual de los residentes en la Bahía, pero, en cualquier caso, y de entre tantas reflexiones como derivan de lo acaecido, prefiero quedarme como la que se me antoja como el espíritu del vaporcito: un sentimiento comprometido para con uno de los iconos de El Puerto de Santa María, una inquietud vertida en las redes sociales y en multitud de conversaciones particulares en homenaje a un navío que luchaba contra el tiempo, asentado en el corazón de quienes, aunque optaran por el transporte terrestre o el catamarán, le sabían entre las olas.


Apagada de momento la sirena del vapor bajo las aguas, asomarse al Guadalete desde el puente de San Alejandro, por ejemplo, supone contemplar al río como huérfano, prólogo triste de un Atlántico enviudado que espera la pronta resurrección de una estampa tan clásica como su propio azul.


El Puerto necesita que sus habitantes interioricen el espíritu mostrado a raíz de este accidente, que cuiden, valoren y difundan las numerosas bondades de la ciudad, ofreciendo una actitud constructiva que mejore sus carencias.


El principal picudo rojo que nos asola no es, con resultar tan dañino, el que ha destruido la figura que infinidad de palmeras esbozaban en nuestras calles: el principal picudo rojo, ese que devasta en una labor aún más silente que la del escarabajo asiático, es el de la indiferencia. El mejor remedio contra ese insecto anímico reside en el espíritu del vaporcito.


Francisco Lambea

Diario de Cádiz

4 de Septiembre de 2011

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