jueves, 2 de septiembre de 2010

TIEMPO DE RETORNOS


La llegada de septiembre se reviste siempre de una simbología especial: la mayoría de los estudiantes regresan a su vida lectiva y numerosos adultos (más, en este caso, por inclinación sicológica que atendiendo a una estricta realidad) experimentan ese vértigo indefinido que se siente ante el comienzo de lo que tiende a interpretarse como un nuevo ciclo.

Los seres humanos incluimos un componente circular, una especie de superchería matemática que nos induce a olvidarnos de que cualquiera de los días que transita en aparente silencio sobre la presunta indiferencia de un calendario atesora entidad para erigirse en una definitiva inflexión. Septiembre y enero se alzan, así, como las dos grandes referencias de un no se sabe muy bien qué, como dos fronteras en las que contrastar deseos y frustraciones, en las que establecer balances y fijar propósitos, en las que advertirse vivo en cuanto examinado.

Pero el icono de este mes que inauguramos es, por encima de cualquier otro, un colegio. Cuando era pequeño el día uno de septiembre aparecía como un inevitable mal, una fecha que se presagiaba, mezclada entre el temor y la resignación, desde las jornadas postreras de agosto, sin que nada pudiera hacerse ante la inevitabilidad de su llegada, pese a que el sol seguía pugnando por enseñorear un cielo aún de esplendente azul. Los comerciantes de mi infancia de interior retiraban de los escaparates el alegre cromatismo de revistas y comics para ceder el sitio a los más rentables libros de texto (expresión tan recurrente como absurda, pues habría que preguntarse qué contienen los volúmenes no destinados a las aulas), mientras yo abandonaba el paseo por las vías céntricas refugiándome en una pequeña plazoleta, justo enfrente de mi casa, un espacio que pretendía acorazar frente al tiempo.

Estos días se hablará de la vendimia, de la Virgen de los Milagros, del fin de la temporada de playas, pero mi imagen de septiembre continúa siendo la reciedumbre de una cartera sobre la espalda tierna, y como asaltada, de un niño que acude a su destino entre calles de repente ajenas.
Francisco Lambea
Diario de Cádiz
2 de Septiembre de 2010

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