jueves, 18 de febrero de 2010

CUARTO ADIÓS

No pensaba yo basar mi columna de esta quincena en la gestión pública; mis evasivas intenciones se dirigían a un discurrir lírico, a alguna temática cultural, por aquello de ofrecer una muestra variada a mis presuntos lectores y de no complicarme tanto la vida con las andanzas palaciegas, pero la marcha de Beatriz Fuentes me ha obligado a recomponer los planes (al cabo, es mi sino existencial, intentar huir, sin fortuna, de las politiquerías).

Anda la Corporación estos últimos años como el facebook o como las fiestas de singles: te metes y te hinchas a conocer gente. Si a las bajas de los populares Ignacio Colón, David Páez y la citada Fuentes se une la del socialista Francisco Ferrer vamos conformando un notable número, de modo que no sería descabellado pensar en la posibilidad de que se constituyera alguna asociación de ediles dimisionarios, con su litúrgica cena anual y catálogo de actividades.

Sobre la despedida concreta de Beatriz Fuentes, edil de modales exquisitos, mirada plácida y sonrisa beatífica, hay varias teorías. La hipótesis de la propia afectada hace referencia a cuestiones personales, ese peculiar epígrafe que, al impedir, por educación, más preguntas deriva en todo tipo de dudas, desembocando en una sensación ambigua y extraña, como si lo explicase todo y no explicara nada al mismo tiempo, como si dijera pero se guardara algo. Otros piensan que la culpa reside en el alcalde, Enrique Moresco, que no dialoga o no deja hacer a los suyos y hay quienes imputan los hechos a una singular variedad del picudo caracterizada, fundamentalmente, por ser autóctona, pilosa y de cambiante cromatismo y tamaño.

Con todo, a mí lo que más me sorprende es la jovial disposición con la que nuestra máxima autoridad encara esta suerte de vicisitudes, en las que se va erigiendo un consumado experto; se le advierte tan ufano y jacarandoso en las ruedas de prensa cada vez que, con un intervalo de pocos meses, se le marcha un edil que piensa uno que esta lluvia fina de ausencias debe ser una cosa como la mar de divertida: la envidia de cualquier colega.

Francisco Lambea
Diario de Cádiz
18 de Febrero de 2010

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