domingo, 1 de marzo de 2015

FATALISMO CONGÉNITO


Algunos de los paisanos cuyas bocas proclaman de continuo que El Puerto está muerto son las primeras plañideras y los cadáveres iniciales. Admitiendo que la ciudad presenta carencias, que en los últimos años la gestión pública no siempre ha estado comandada por el acierto (la de todas las administraciones, no sólo la municipal) y, sobre todo, que la situación económica inspira lógica y profunda desazón, uno tiende a pensar que varios conciudadanos padecen un plus de apatía sin remisión posible.

La actitud negativa llega a tal extremo que hay quienes, obviando, por citar un ejemplo concreto, el relanzamiento que experimentan los carnavales, defienden la peregrina teoría de que el Consistorio los borre del calendario festivo bajo el irrefutable argumento de que los de Cádiz son mejores. La ciudad está superpoblada de daagüas,  dalevantes y funerarios de variopinto pelaje. Un heterogéneo grupo de cenizos que se sienten injustamente tratados por el destino cruel que ha dado con sus huesos en unos predios repletos de inútiles, gravosa carga que ellos, brillantes inteligencias condenadas al anonimato ante mediocridad tanta, se ven obligados a soportar.

A pocos de ellos se les conoce propuesta concreta, acción puntual, gesto solidario, invención milagrosa: se limitan a criticar aquello que se mueve, cualquier iniciativa que se emprenda. Tan sólo la Feria parece escapar a ese pesimismo enquistado que obvia potenciales como el clima (la humedad es insoportable), las playas (hay que pagar por aparcar), la motorada (genera ruido y sólo gana dinero Romerijo), la vela (exclusividad de ricos), la programación cultural (entradas prohibitivas), el patrimonio histórico (se cae de viejo), el altruismo (algo estará buscando)…


Hay presentaciones de libros, conferencias, debates, talleres, exposiciones, proyecciones cinematográficas o eventos deportivos a los que apenas acude el público, parte del cual es el mismo que arrellanado en el butacón de su casa o acodado sobre la barra del bar esgrime su teoría invariable de que “en El Puerto no hay ná”. Sí hay, con absoluta seguridad, algo: su fatalismo tan congénito como tedioso.

Francisco Lambea
Diario de Cádiz
1 de Marzo de 2015

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